Latinoámerica en proceso de envejecimiento

Latinoámerica en proceso de envejecimiento

La población mundial envejece a una velocidad sin precedentes. Hoy, el 8,5% de los habitantes del mundo tiene más de 65 años, cifra que en el año 2050 representará el 17%.

Estamos siendo testigos de un proceso de cambio demográfico a nivel mundial, que se da en todos los países, a modo de proceso en transición, cuya velocidad de cambio  responde a características y ritmos propios que cada localidad presenta, influyendo rasgos particulares inherentes a su historia, diversidad sociocultural y étnica.

Este envejecimiento demográfico constituye el resultado del desarrollo socioeconómico de las sociedades, y es producido por dos grandes cambios que modifican la estructura de la población: la disminución de la fecundidad, con la consiguiente baja tasa de natalidad, y  el aumento de la esperanza de vida, provocando un descenso sostenido de la tasa de mortalidad.

Si bien vemos que en países industrializados, como Francia, Suecia o Reino Unido, este proceso tardó más de 100 años en ocurrir, observamos una situación opuesta en América Latina, donde el mismo fenómeno ha tardado sólo 42 años, como ocurre en Chile. Este ritmo más acelerado se debe al alto impacto que han tenido los avances médicos y sanitarios ocurridos luego de la segunda guerra mundial, lo cual influye directamente en el control de la fecundidad y mortalidad.

Dichos cambios se traducen en una transformación de la pirámide poblacional de toda Latinoamérica, donde la esperanza de vida aumentó abruptamente en 21,6 años, llegando a los 75 años, para el año 2010, según datos del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE). Este aumento de la esperanza de vida, se acompañó además, de una reducción de la fecundidad, lo que implicó pasar de ser una de las regiones con más altos índices reproductivos a nivel mundial, a situarse por debajo del promedio en la actualidad.

Si bien éste es un proceso que se está dando de forma heterogénea, en respuesta a las características de cada país, se calcula que la cantidad de personas mayores de 65 años se triplicará para el año 2050, donde uno de cada cinco habitantes de Latinoamérica, pertenecerá a este grupo etáreo (CELADE 2007).

Todas estas transformaciones a nivel demográfico generan grandes cambios cuantitativos y cualitativos en la organización de las sociedades de cada región y, por tanto, nos plantean nuevos desafíos a nivel de políticas públicas. Si bien estos cambios se pueden predecir, siguiendo las grandes tendencias, no siempre se identifican de forma oportuna en cada localidad. Como sociedad y como entidades que prestan servicios de salud y cuidados, nos atañe diseñar nuevas políticas que respondan y estén orientadas a enfrentar, tantos los atrasos históricos, como los nuevos retos que demandará la dinámica demográfica.

Siguiendo las tendencias que han mostrado los cambios en la pirámide poblacional, veremos que para el año 2040 la cantidad de personas menores de 40 años se verá francamente mermado, y a medida que se acerque el año 2050 la población de personas mayores a 65 años aumentará de forma progresiva.

Centrándonos en nuestro país y tomando como fuente los datos entregados por el Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA 2011), observaremos una reducción de la tasa de mortalidad de la población, un aumento sistemático de la esperanza de vida al nacer (se estima que para el 2030 será de 80,7 años promedio), disminución de la tasa de fecundidad y la consecuente baja de la tasa de natalidad, y por último, un sostenido aumento del índice de envejecimiento, que corresponde  a la cantidad de mayores de 60 años por cada 100 personas menores de 15 años.

El contexto chileno descrito recientemente, nos pone ante una situación de alerta respecto de la planificación de nuestras nuevas políticas públicas, y que son de responsabilidad de los gobiernos, de las familias y de las mismas personas mayores. Se debe dar respuesta a nuevas inquietudes, como lo son garantizar la seguridad económica y social, revisar la viabilidad de los sistemas de pensiones y mejorar su capacidad de respuesta, brindar igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en materia de empleo, así como también igualdad de protección social y de cobertura de la población rural y urbana. Conlleva también un cambio cultural que deberá redefinir el concepto de vejez, esta vez centrándonos en la necesidad de mantención de la funcionalidad, postergando la discapacidad, concepto que nos lleva a trabajar enfocados hacia la prevención y que requerirá, a su vez, de personal especializado en el área. Trabajar en mejoras de participación social de las personas mayores, en optimizar sus condiciones laborales, disminuir la brecha económica de género, y anticipar la necesidad de cuidados especializados, serán los grandes desafíos que deberemos asumir como sociedad y como entidades de salud.

Maite Ferrer Prieto

Enfermera Jefe Área Coordinación

Siempre Chile